Tengo ganas de llorar,
dijo ella sin reparar en que la sala estaba llena de personas con los ojos
abiertos. Esperá a que parpadeen,
pidió él avergonzado. Apretó las pestañas tratando de hacer tiempo, pero el
segundero se había inmovilizado después de la siesta del último domingo. Vámonos de acá, le exigió. Esperá a que empiecen a llorar,
respondió él, y juntos despegaron los pies del suelo.
Impresiones de una primera lectura: pienso en lo inevitable de la muerte, pero también que ambos despegan del suelo porque puede caminar elevados, acaso más allá de la medianía, en cualquiera de los dos casos (o ninguno) un texto delicioso.
ResponderEliminarBeso grande
Un gusto volver a leer tus ficciones.
ResponderEliminarFelicidades
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